Por desgracia

TOLERANCIA CERO CON LA VIOLENCIA, TODAS LAS VIOLENCIAS DE GENERO. Desde que entró en vigor la LIVG (Ley Integral Violencia de Género), muchas mujeres han sido salvadas de sus maltratadores, a muchas mujeres se les ha ayudado y protegido. Pero en ciertas ocasiones esta Ley también ha sido usada de modo injusto, a modo de arma contra hombres inocentes. Es comprensible que los gobiernos niegen la existencia de las denuncias falsas, pero el clamor de cientos de hombres que han sufrido el abuso y la tortura provocados por este mal uso, no es ninguna insignificancia que se pueda pasar por alto. Desde enero de 2007 este blog intenta servir como fuente de información que en muchas ocasiones no es fácil recopilar. El aporte de cientos de colaboradores que encuentran las noticias o que cuentan su propio caso, hacen posible este trabajo. La historia sigue y CONTINUAN apareciendo DENUNCIAS FALSAS, la parte positiva es que las mentirosas comienzan a ser castigadas con cierto rigor.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El caso de Martí T.

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Domingo 26 de abril de 2009
MANUEL MOLINA DOMÍNGUEZ (Abogado)
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La Sección vigésima de la Audiencia Provincial de Barcelona dictó hace unos días una sentencia estremecedora. No por su fallo -absolutorio y bien fundamentado-, sino por algunos de los hechos cuya autenticidad viene a confirmar. Hace dos años, a finales de marzo de 2007, Martí T., de 34 años de edad, vecino de Mollet (Barcelona), contable en una multinacional, separado y padre de dos hijos (de 2 y 6 años de edad, respectivamente), se preparaba para irse de vacaciones con sus pequeños.
Cuando iba a iniciar dicho periodo vacacional, la policía le detuvo y esposó en presencia del menor de los niños. La madre de los menores -ex cónyuge de Martí- le había denunciado por presuntos abusos sexuales a sus hijos. Y los hechos denunciados eran lo suficientemente graves como para que se decretase judicialmente, como se hizo poco después, su ingreso preventivo en prisión a la espera de juicio.
Lo tremendo del asunto es que, cuatro meses más tarde, los forenses que exploraron a los niños descubrieron, no solo que ni el padre ni ninguna otra persona había abusado de los menores, sino sólidos indicios de que los pequeños habían sido presuntamente inducidos por la ex cónyuge de Martí (y parece que también por su ex suegra, abuela materna de los niños) para que "recitaran" una serie de acusaciones contra su padre en ese sentido.
Ni que decir tiene que Martí fue inmediatamente puesto en libertad. De hecho, el caso se archivó antes de llegar a juicio, pero la madre presentó recurso para reabrirlo.
El abogado de la denunciante solicitó penas que sumaban 16 años de prisión. Tanto el abogado encargado de la defensa de Martí, como la fiscalía solicitaron su libre absolución. Ahora el tribunal ha confirmado su inocencia.
El problema es que, a pesar de ser inocente, ese padre pasó cuatro meses en prisión provisional a causa de una denuncia que ha resultado falsa. Cerremos los ojos por un momento y hagamos un pequeño esfuerzo de imaginación: ¿Cómo nos sentiríamos si fuéramos encerrados en prisión, perdiendo nuestra libertad y nuestro trabajo, acusados de un delito horrible, observados con hostilidad por otros reclusos a cuyos ojos fuéramos poco más que un repugnante abusador de menores, y todo ello siendo completamente inocentes?
Hace algunos meses -cuando la prensa empezó a hacerse eco de lo que parecía haber detrás de este feo asunto- le pregunté a un psicólogo forense experto en el tema cuales podrían ser las consecuencias que dicho periodo en prisión -amén del propio hecho de haber sido acusado y procesado por un delito tan atroz- tendría para ese hombre falsamente denunciado.
En opinión de dicho profesional, el sujeto expuesto a tal situación seguramente se vería obligado a recibir tratamiento psicológico durante muchos años (quizá de por vida). Y, en cuanto a la relación con sus hijos, opinaba que ésta se vería gravemente dañada y llevaría muchos años recuperarla con normalidad; porque hay que tener en cuenta también el daño causado a unos niños tan pequeños al haber sido inmersos -e inducidos a participar activamente- en la truculenta trama acusatoria contra su propio padre.
Al parecer, Martí se plantea iniciar en breve los trámites procesales para obtener la custodia exclusiva de sus hijos, y que éstos dejen de estar a cargo de la madre denunciante; es decir, de la persona que -al parecer- les utilizó como manipulados e inocentes instrumentos de sus odios y/o rencores. ¿Qué menos que ese inmediato cambio de custodia para proteger debidamente a los pequeños?
Pero, ¿qué sucede con el daño causado? ¿Quién compensará a ese hombre por el tiempo que permaneció privado de libertad, en prisión, y en muy difíciles circunstancias? ¿Y por el daño provocado a su relación con sus hijos?
La respuesta es: nadie. Porque nada ni nadie podrá compensarle jamás, ni por asomo, por los meses encarcelado, ni por su descrédito social y profesional, ni por el sufrimiento moral, ni por el tiempo de la vida de sus hijos -más de dos años- durante el que no ha podido relacionarse con ellos y que ya nunca recuperará.
No obstante, sí sería interesante que se investigasen con detalle las circunstancias de la reiterada denuncia y, de estimarse que su ex cónyuge y/o cualquier otra persona son autores, cómplices o inductores de un delito de denuncia falsa, se les procesara y -en caso de ser declaradas culpables- se les condenase a la pena prevista para dicho delito en el Código Penal.
Porque sólo persiguiendo hasta sus últimas consecuencias a los autores -y autoras- de denuncias falsas se evitará que queden impunes y, consecuentemente, podrá evitarse también esa utilización fraudulenta de la Ley y de la administración de justicia.
De no hacerse así, además, muchos hombres -de cualquier estrato social- inmersos en procesos de divorcio, que no estén dispuestos a renunciar a todo aquello que se les exija (no sólo de carácter económico, sino también en lo que se refiere a compartir la custodia o a la participación igualitaria en la vida de sus hijos), deberán mirar a menudo por encima de sus cabezas para ver si divisan aquella afilada y puntiaguda espada que, suspendida por un fino pelo de crin de caballo, pendía sobre Damocles.
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