01 / 12 / 2011
Incitatus
La calamidad de la violencia machista, que provoca el asesinato de
decenas de mujeres al año, tiene otra cara no menos sombría: las
denuncias falsas por maltrato.
Miguelón está mal, está nervioso, no levanta cabeza. Lleva tres o
cuatro años así. Los amigos no sabemos bien qué hacer aparte de quererle
mucho, llamarle y, cuando nos vemos -cada quince días-, procurar que se
sienta feliz, contento al menos; que se olvide de todo. Es fácil porque
Miguelón espera como agua de mayo nuestras reuniones quincenales
precisamente para eso: sentirse bien, acogido, arropado, charlar y,
durante tres o cuatro horas, dejar de pensar en cómo la vida le ha
mordido en una pierna y no le suelta.
Nuestro Miguelón es un tipo
alto, guapazo, bien plantado y con un carácter tan bondadoso como
optimista. La alegría de la huerta. Ocupaba un puesto de dirección en
una poderosa empresa de telecomunicaciones. Ganaba mucho dinero. Vivía
en un chalé de la zona pija de Madrid y estaba casado con una
señora estupenda, al menos de aspecto, y extranjera. El hijo de ambos,
que ahora andará por los 13 años, es igual que su padre pero más bajito:
guaperas (y lo sabe), alegre, inteligente, decidido.
Un día, hace
ya unos cuantos años, un caballero dicen que muy atractivo se cruzó en
la vida de la esposa de Miguelón. Estas cosas pasan. También es
frecuente que el interesado (en este caso, mi amigo) sea el último en
enterarse. El caso es que la señora estupenda decidió cambiar de vida y
rehacerla junto al recién llegado. Pero en vez de hablar las cosas con
Miguelón, que es lo que suele hacer la gente cuando sobrevienen estos
líos, decidió contárselo primero a un abogado para que fuese preparando
los desagradables asuntos del divorcio. Y ahí fue donde todo empezó a ir
mal.
El tal abogado resultó ser, y ustedes perdonen la manera de
señalar, un hijo de puta del tamaño del océano Pacífico. El diálogo
entre esa rata y la señora estupenda pudo ser más o menos así:
-¿Quiere usted divorciarse?
-Sí.
-¿Y qué quiere sacar?
–Pues lo que sea justo. Mi marido es un buen hombre, no tiene culpa de nada. No quiero hacerle daño.
-No
sea idiota. Si quiere, puede usted quedarse con todo. La casa, los
coches, los cuadros, los muebles, el dinero. Del niño ni hablamos, eso
se da por hecho. Usted solo tiene su trabajo, ¿verdad? Pues si quiere,
puede hacerse rica.
-¿Y qué tengo que hacer?
–Fácil. Denúnciele por malos tratos.
-Pero eso es ridículo, mi marido no me ha puesto la mano encima en su vida. Es incapaz de hacerle daño a nadie.
-Eso no importa. Denúnciele por malos tratos psicológicos. Hay muchas posibilidades: amenazas, humillación, acoso... Elija usted.
Y
la señora estupenda de Miguelón lo hizo. Fue a la comisaría con cara de
mucho susto y abatimiento y juró todo lo que el otro miserable le había
dicho que jurase.
No hizo falta ninguna prueba, ningún análisis
médico o psicológico, ningún testimonio de nadie. Nada. Solo la
denuncia. Y, en menos de 24 horas, la Guardia Civil se presentó en casa
de Miguelón y se lo llevó al calabozo sin ninguna explicación. Quiero
decir que se lo llevó como estaba: en camiseta, pantalón corto y
chanclas, todo embadurnado de grasa, porque Miguelón estaba, aquella
tarde de domingo, metido debajo de un coche a ver si lograba quitarle un
ruido que tenía.
La vida destruida.
Miguelón pasó la
noche en un lugar asqueroso, lleno de mierda -literalmente: excrementos
humanos- y rodeado por verdaderos delincuentes de muy mala catadura que
lo miraban como una hiena mira a una gacela herida. No pegó ojo. Al día
siguiente lo sacaron de allí, le dieron un bocadillo y, sin más, lo
llevaron ante el juez. Fue allí, en ese momento y no antes, cuando
Miguelón se enteró de qué rayos estaba pasando, porque nadie le había
dicho nada.
De nada sirvió su cara de asombro, su carcajada, luego
sus lágrimas, sus gritos, sus protestas de inocencia. El juez se cabreó
cuando Miguelón, fuera de sí, le preguntó si estaba loco, si era una
broma para un programa de cámara oculta. Le obligaron a abandonar su
casa con cuatro calzoncillos, el cepillo de dientes y muy pocos objetos
personales más. Como estaba previsto por el honradísimo señor letrado de
la acusación, le quitaron su casa y todo lo que tenía. Se fue a vivir a
casa de su madre, a su antigua habitación de adolescente. Allí sigue
después de todos estos años. Perdió también su trabajo porque, harto de
que sus compañeros le mirasen como a un asesino y de que le hiciesen el
vacío -ya se sabe: todos los maltratadores niegan que lo son-, un día
pidió la liquidación y los mandó a todos, como él dice, “a Santo Tomar
Porsaco”.
Vive de lo que puede. Hace viajes, portes, cosas así. No
ha encontrado un trabajo como el que tenía, primero por la jodía crisis
y luego porque nadie quiere tener cerca a un tipo absuelto de una
acusación de malos tratos (naturalmente, el juez lo absolvió, pero eso
fue mucho tiempo después y ya no sirvió de nada). Se ha gastado una
fortuna en psicólogos. Ahora su madre se ha puesto enferma. Ninguno de
los amigos nos atrevemos a preguntarle al bueno de Miguelón qué podrá
hacer si ella falta.
Chantajes.
Gana algo de dinero
pero, esto es lo más curioso, sigue en la ruina. Porque aquella señora
presuntamente estupenda a la que el nuevo novio duró muy pocos meses,
resultó ser, además, una manirrota de mucho cuidado. Y ya sabe lo que
tiene que hacer. De vez en cuando llama a Miguelón: “O me das dinero, o
te vuelvo a denunciar”. Y Miguelón busca donde puede, porque solo pensar
en que puede volver a pasar por aquello le pone físicamente enfermo. Y
también porque no puede pasar sin ver a su hijo.
Estamos todos
hartos de ver cómo, cada pocos días, un canalla que debería vivir en el
zoológico apalea a su mujer, o a su expareja, y la mata. Miguelón es el
primero en defender que eso se corta endureciendo la ley para los
maltratadores. Pero añade: “Y también para las maltratadoras”. Así llama
él a las mujeres que, como la que vivió con él, presentan denuncias
falsas contra quien no les ha hecho nada, y lo hacen por pura codicia,
por pura mala entraña. Esas denuncias falsas cuya sola existencia han
negado mil veces el Ministerio, las asociaciones feministas y la
cantidad de gente que vive de esto. Que es mucha.
Los abogados
honestos que se ocupan de estos asuntos enrojecen de ira al hablar de
esto, porque saben mejor que nadie cuántas denuncias falsas se
presentan. “A la primera amenaza, denuncia”, dice la publicidad
institucional. “Estoy de acuerdo”, dice Miguelón, “pero ¿dónde tengo que
denunciar yo, si nadie me hace caso? ¿Quién me devuelve la vida que me
han quitado?”. Y no sabemos qué responderle.

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